A veces me pregunto si realmente estoy aprendiendo algo aquí. Un poco de inglés, claro, pero no tanto como me gustaría. Un poco de mí, vale, pero mucho más de lo que desearía. Y tal vez algo de “la vida”; así, entre comillas, como diría el amigo Joey. Pero en todo caso, sí estoy seguro de estar descubriendo nueva y variada música gracias al ambiente multicultural en el que me muevo.
Precisamente hoy he estado en un concierto de Sigur Rós con L, una amiga francesa. Sus canciones se nutren del concepto minimalista pero sin huir de lo sinfónico para recrearse en lo electrónico. Incluso la voz del cantante, que podría parecer repleta de letras nihilistas en su islandés natal, son -desde el segundo disco- meras notas a modo de nido donde alimentar las emociones o los pensamientos que despiertan temas como
“Olsen, Olsen”: a unos les recuerda leyendas mitológicas, a otros la narración de un cuento tradicional; a mí el rico y perturbador equilibrio entre la nostalgia y cierta animosidad esperanzadora.
No me pidas que te diga cómo se llama su penúltima obra, porque sólo sé escribirlo: “( )”. Las páginas del libreto están en blanco para que cada uno escriba la letra que le sugieran las diez canciones sin título del disco. ¿Paranoia? ¿Estrategia de mercado? ¿Originalidad? ¿Vanidad artística? No lo sé, pero éste y su “Ágaetis byrjun” tienes que escucharlos en soledad y silencio.
¿Y en concierto? Bueno, a B le recomiendo encarecidamente
que vaya. Y el resto deberían estar obligados por Dios, Patria, Rey y Estatut.